El desarrollo físico y emocional de los adolescentes está íntimamente ligado a sus hábitos alimenticios. En este período, las necesidades nutricionales aumentan debido al crecimiento acelerado y a la formación de hábitos que podrían perdurar por toda la vida. Sin embargo, muchas familias no prestan suficiente atención a esta etapa crucial. La falta de orientación puede llevar a problemas relacionados con la salud física y mental. Por ejemplo, el consumo excesivo de alimentos ultraprocesados afecta negativamente tanto el cuerpo como la mente.
Los cambios en el estilo de vida durante la adolescencia también influyen en las decisiones alimentarias. A medida que los jóvenes adquieren mayor autonomía, suelen priorizar opciones rápidas y convenientes, descuidando las comidas equilibradas. Este fenómeno se ve exacerbado por la influencia social y digital, donde modelos poco realistas pueden alterar su percepción sobre la comida y el cuerpo. Además, horarios irregulares y estrés académico contribuyen a malos hábitos alimenticios, como omitir comidas o recurrir a snacks insalubres.
Es esencial que las familias jueguen un papel activo en la educación nutricional de sus hijos adolescentes. Establecer rutinas de comida en familia, evitar comentarios sobre apariencia física y fomentar actividades físicas son pasos clave para promover una relación sana con la alimentación. Una dieta rica en nutrientes no solo beneficia el desarrollo corporal, sino que también mejora el estado de ánimo y el rendimiento escolar. Así, invertir en hábitos alimenticios saludables desde temprana edad es fundamental para prevenir enfermedades futuras y garantizar un bienestar integral.