El impacto físico del uso prolongado de pantallas en niños y adolescentes es amplio y alarmante. A nivel corporal, se observa un aumento significativo en el sedentarismo, lo cual incrementa directamente el riesgo de enfermedades cardiovasculares y metabólicas. Este estilo de vida sedentario, combinado con hábitos alimenticios poco saludables que suelen acompañar largas horas frente a dispositivos, contribuye al crecimiento de la obesidad infantil. Además, el cuerpo joven comienza a mostrar signos tempranos de desgaste físico, desde problemas posturales hasta alteraciones visuales causadas por la exposición prolongada a luces azules.
Desde el punto de vista psicológico, el panorama es aún más complejo. Los estudios revelan un vínculo claro entre el abuso de pantallas y un aumento en trastornos emocionales como ansiedad y depresión. La constante comparación social en redes, junto con la presión de mantener una imagen idealizada, genera niveles altos de estrés y baja autoestima. Peor aún, hay casos documentados donde este tipo de consumo mediático está vinculado a conductas autolesivas e incluso pensamientos suicidas, especialmente en adolescentes vulnerables. La conexión entre la falta de sueño inducida por las pantallas y estos trastornos mentales refuerza la urgencia de actuar.
Las organizaciones médicas han establecido pautas claras sobre el uso saludable de pantallas en la infancia y adolescencia. Para menores de seis años, se recomienda cero exposición a dispositivos electrónicos. Entre los seis y doce años, se sugiere un máximo de una hora diaria, incluyendo cualquier tipo de pantalla, ya sea teléfono, tableta o televisión. A partir de los doce años, el límite ideal oscila entre una hora y media y dos horas al día. Sin embargo, la realidad dista radicalmente de estas recomendaciones.
Según datos recopilados por expertos en desarrollo infantil, muchos niños comienzan a interactuar con pantallas mucho antes de los dos años, y en edades escolares, pasan entre cuatro y cinco horas diarias frente a dispositivos. Los adolescentes, por su parte, llegan a acumular entre siete y ocho horas de uso promedio al día. Esta brecha entre lo recomendado y lo real no solo es estadística, sino que tiene consecuencias profundas en el bienestar físico, cognitivo y emocional de las nuevas generaciones.
Una de las ideas más perjudiciales que han vendido las empresas tecnológicas es la noción de que los niños son una especie evolucionada, el llamado "Homo Digitalis", capaz de adaptarse naturalmente a la revolución digital sin consecuencias negativas. Esta narrativa, según el Dr. Albares, no solo es falsa, sino peligrosa. Múltiples investigaciones demuestran que el uso intensivo de pantallas afecta negativamente el neurodesarrollo, disminuyendo la atención, la memoria y la capacidad de aprendizaje.
Países que han apostado fuertemente por la digitalización educativa han visto caer sus resultados en pruebas internacionales como PISA, contradiciendo la supuesta ventaja académica del entorno digital. Esto sugiere que la saturación tecnológica no mejora el rendimiento escolar, sino que puede llegar a inhibir habilidades fundamentales como el razonamiento crítico, la empatía y la creatividad. Por ello, es vital repensar el rol de la tecnología en las aulas y priorizar métodos pedagógicos basados en interacción humana y actividades prácticas.
Proteger a los menores del impacto negativo de las pantallas no es solo responsabilidad de las familias; requiere una acción coordinada a nivel legislativo y social. Así como existen restricciones legales sobre el consumo de alcohol y tabaco en menores por ser productos dañinos, debe haber regulaciones similares respecto al acceso a plataformas digitales y contenido inadecuado para su edad. La ciencia ha demostrado suficiente evidencia como para justificar leyes que limiten el tiempo de exposición y controlen el tipo de contenido accesible para cada grupo etario.
Más allá de normativas, urge un movimiento colectivo que impulse cambios culturales. Se necesita una conciencia social que incentive a las familias a desconectarse juntas, a valorar el tiempo offline y a promover estilos de vida equilibrados. Esto implica reformas en horarios laborales, escolares y sociales que permitan a los jóvenes descansar adecuadamente y desarrollarse plenamente. La protección de la salud infantil y adolescente debe convertirse en una prioridad nacional e internacional.
A pesar del escenario crítico, el Dr. Albares asegura que sí es posible revertir el daño. Muchos niños y adolescentes ya reconocen la importancia del sueño y quieren dormir mejor, aunque enfrentan dificultades para lograrlo. Implementar reglas claras en casa, como prohibir el uso de pantallas después de la cena, puede marcar una diferencia significativa en la calidad y cantidad de sueño. Familias que establecen horarios fijos para acostarse reportan menores índices de depresión y ansiedad en sus hijos, lo cual confirma que el control parental sigue siendo una herramienta clave.
Además de límites en el uso de dispositivos, es fundamental reintroducir actividades que promuevan el desarrollo integral: lectura, deporte, juegos al aire libre, música y convivencia familiar. Cada hora que un niño dedica a estos espacios es una hora ganada para su bienestar físico, emocional y cognitivo. La recuperación no es inmediata, pero con compromiso colectivo y acciones concretas, es posible construir una generación menos zombificada y más conectada consigo misma y con el mundo real.