La lactancia artificial está evolucionando hacia un enfoque más personalizado. Tradicionalmente, los bebés alimentados con fórmula seguían un horario estricto que determinaba cuándo y cuánto debían comer. Sin embargo, esta rigidez contrastaba con la flexibilidad de la lactancia materna, donde el niño podía alimentarse según sus propias necesidades. Ahora, gracias a nuevas recomendaciones respaldadas por expertos médicos, se promueve una lactancia artificial basada en las señales de hambre del bebé. Este cambio permite que cada niño crezca de manera saludable, respetando su ritmo individual.
El enfoque moderno sobre la lactancia con biberón prioriza la atención a las necesidades individuales del bebé. Según la Dra. Nerea Sarrión, pediatra especializada, es fundamental adaptar tanto la frecuencia como la cantidad de leche al apetito específico de cada niño. Esto significa que no hay cantidades fijas ni tiempos predeterminados; en lugar de eso, se recomienda observar comportamientos como llevarse las manos a la boca o mostrar inquietud para identificar cuando el niño necesita comer. Este método no solo asegura que el bebé reciba la nutrición adecuada, sino que también fomenta una relación más natural entre el cuidador y el niño.
Adoptar este nuevo enfoque implica abandonar viejas reglas como la de esperar tres horas entre tomas. Si el bebé muestra signos de hambre antes, debe ser alimentado sin demora. Para evaluar si está recibiendo la cantidad correcta de leche, es crucial monitorear su crecimiento, ganancia de peso y funciones corporales básicas como micciones y deposiciones regulares. Además, durante cada toma, es importante prestar atención a cómo reacciona el niño ante el biberón: si lo rechaza girando la cabeza, ha terminado; si sigue mostrando interés después de vaciarlo, puede ofrecerse más. Con estos indicadores, se garantiza que cada bebé obtenga exactamente lo que necesita para desarrollarse correctamente.
Este cambio hacia la lactancia a demanda refleja un avance significativo en cómo entendemos y atendemos las necesidades de los más pequeños. Al permitir que los bebés guíen sus propias comidas, estamos reconociendo su autonomía desde los primeros días de vida. Este enfoque no solo mejora su bienestar físico, sino que también fortalece los vínculos emocionales entre padres e hijos, promoviendo un ambiente de confianza y respeto mutuo. En última instancia, cada niño es único, y adaptarse a sus señales naturales es clave para garantizar un desarrollo saludable y feliz.