El uso de pruebas de imagen durante el embarazo puede ser necesario dependiendo del estado de salud de la madre. Mientras que algunas técnicas como la ecografía y la resonancia magnética son consideradas seguras debido a la ausencia de radiación ionizante, otras como la radiografía o el TAC deben ser utilizadas con precaución, especialmente en las primeras semanas de gestación. Es crucial evaluar los riesgos y beneficios cuando se requieren procedimientos que involucren radiación.
Aunque ciertas pruebas pueden afectar al desarrollo fetal, existen medidas para minimizar los riesgos. Además, es importante distinguir entre áreas más sensibles del cuerpo, como el abdomen, y zonas alejadas donde el peligro disminuye significativamente si se aplican protocolos adecuados. También se debe tener cuidado con la exposición indirecta a pacientes tratados con sustancias radiactivas.
Entre las técnicas recomendadas para monitorear a la madre y el bebé están aquellas que no implican radiación ionizante. La experta Dra. Sara Lojo explica cómo estas opciones permiten un seguimiento efectivo sin comprometer la salud fetal.
Las pruebas como la ecografía y la resonancia magnética (RM) se destacan por su seguridad en cualquier etapa del embarazo. Ambas utilizan tecnologías distintas a la radiación, lo que las convierte en herramientas fundamentales. Sin embargo, aunque generalmente no se emplea contraste en estas técnicas, puede ser excepcionalmente necesario si beneficia clínicamente a la paciente. La Dra. Lojo recalca que incluso estas pruebas deben seguir criterios médicos claros y no ser usadas por razones recreativas o emocionales.
La ecografía, funcionando con ultrasonidos, es ampliamente adoptada para observar el desarrollo fetal debido a su naturaleza inofensiva. Por otro lado, la RM, basada en campos magnéticos, se reserva para situaciones específicas donde se necesita información detallada que la ecografía no proporciona. En ambos casos, la decisión de usarlas debe estar fundamentada en necesidades diagnósticas reales. Esto garantiza que la tecnología sea empleada responsablemente, preservando tanto la salud materna como la fetal.
Existen limitaciones importantes para el uso de técnicas que incluyen radiación ionizante, especialmente durante las primeras fases del embarazo. A pesar de esto, hay circunstancias donde los beneficios superan los riesgos potenciales, siempre que se tomen precauciones específicas.
Pruebas como la radiografía o el TAC presentan riesgos debido a su uso de radiación ionizante. Estas pueden afectar negativamente el desarrollo del feto, particularmente en las primeras semanas de gestación cuando las células embrionarias son más vulnerables. Sin embargo, cuando son indispensables, los profesionales ajustan la dosis de radiación al mínimo necesario y aplican barreras protectoras como delantales plomados cuando es posible. Además, si una mujer accidentalmente se somete a alguna de estas pruebas antes de saber que está embarazada, los riesgos varían según la etapa gestacional. En las primeras dos semanas, el impacto podría resultar en una pérdida temprana del embrión, mientras que entre la semana 3 y 8, período crítico de formación de órganos, los riesgos son mayores. Más allá de esta fase, los peligros disminuyen considerablemente. Para casos dudosos, se realiza un cálculo de la dosis recibida por el feto y se evalúa con especialistas, ya que solo dosis muy altas (superiores a 100 mGy) podrían causar problemas significativos.